Me estreno en el blog con un artículo sobre uno de los videojuegos que marcaron mi infancia y, quizá, la de muchos presentes.

Yo soy una de esas personas que vieron el nacimiento de la PSX (y de la GameBoy, ya puestos) y que adquirieron una en cuanto pudieron, de hecho, aún está pululando por casa la PSOne que compramos mi hermano y yo y que prácticamente sólo encendemos para jugar al Tekken 3. Pues uno de los primeros juegos a los que pude jugar en ella fue Spyro: Gateway To Glimmer (o Spyro: Ripto’s Rage!), el segundo juego de la trilogía de PSX (del que hablaré en otra entrada espero); me enamoré de los gráficos, de los personajes y de la música, así que en cuanto pude, me hice con Spyro: The Dragon, el primer juego y el que nos ocupa ahora mismo, y con Spyro: Year Of The Dragon.

Lo que más destaca del juego al iniciarlo son los colores. Todo son colores llamativos, como si estuviésemos jugando a un cuento para niños pequeños y, en realidad, la trama del juego parece sacado de uno de ellos: el malo de turno quiere acabar con todo y el héroe debe salvar el mundo. En este caso, el héroe es un pequeño dragón de color púrpura que, debido a su tamaño, escapa del hechizo del villano del juego, Gnasty Gnorc, quien convierte a todos los dragones en estatuas de cristal. Gnasty Gnorc plaga todo lo que son las Tierras del Dragón de enemigos (llamados gnorcs) en venganza por el destierro al que le sometieron los dragones.

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Yo, Gnasty Gnorc, acabaré con todos los dragones si me votáis.

Como veis, la trama es de las más utilizadas en todo tipo de productos: desde novelas, hasta juegos, pasando por películas. Pero, aunque la trama sea simplona y muy utilizada, el sistema de juego y los coleccionables hacen que sea un juego entretenido y que pueda llevar un par de días (si juegas moderadamente).

En el objetivo en sí (aparte de derrotar al malo) consiste en conseguir rescatar a todos los dragones (un total de 80) y recuperar todas las gemas (unas 14000), muchas de ellas aparecen cuando derrotas a los enemigos que te vas enfrentando; para ello tendrás que recorrer seis mundos con unos cinco niveles cada mundo, salvo el último, que tiene cuatro (osea, un total de veintinueve niveles). También hay desperdigados por ahí unos seres de color azul que corren mucho y que son ladrones que han robado un huevo de dragón (en total son 12), también tendrás que atraparlos y muchas veces no será fácil.

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¡Es un ladrón y ha robado un huevo de dragón!

Los niveles son de lo más variopinto y cada nivel está ligeramente relacionado con el mundo en el que te encuentres, así como los enemigos que en ellos te puedes enfrentar; además de que el juego irá aumentando su dificultad a medida que vayas avanzando en él. Uno de los niveles de los cinco primeros mundos consiste en una carrera contrarreloj de vuelo; en ella tendrás que atravesar aros o arcos, derribar aviones, trenes, destruir cofres o encender faros antes de que el tiempo se agote. Por cada cosa cumplida el juego te otorgará una serie de joyas para así completar el juego al 100%. Otro de ellos es enfrentarse a un jefe de nivel, normalmente no es algo complicado de realizar y suelen ser niveles relativamente cortos.

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Aquí tenemos a Altaïr Ibn-La’Ahad antes de ser un asesino.

Para mí, con diferencia, los niveles de vuelo eran los más estresantes, porque aunque tan sólo tenías que tocar los botones de movimiento muy de vez en cuando y el de echar fuego, siempre llegabas muy justa de tiempo. El resto de niveles no son difíciles como tales, pero muchos tienen sitios secretos a los que sólo puedes acceder desde cierto punto y haciendo ciertas cosas (planear desde un punto concreto, utilizar la superembestida y saltar en el momento adecuado, girar en una esquina que parece que sólo tiene vacío detrás…).

El personaje tiene tres tipos de movimiento: saltar y planear (pulsando el mismo botón dos veces seguidas), echar fuego (obviamente, es un dragón) y correr con los cuernos por delante como si de un toro bravo se tratase (llamado embestida). También te acompañará en el viaje una especie de libélula llamada Sparx, es la que te indicará cuántos toques te quedan antes de morirte: si está de color dorado, puedes recibir tres golpes, tras recibir un golpe cambiará de color, pasando del dorado al azul y de éste al verde. Si recibes más de tres, la libélula desaparecerá y estarás solo, literalmente. Para recuperarla tendrás que eliminar diversos bichitos que te encuentres por los niveles (ovejas, sapos, conejitos…), que soltarán una mariposa que la libélula se comerá y cambiará de color.

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La brillante Sparx nos indicará si estamos bien o vamos jodidos de vida.

Otra de las funciones de la libélula es ayudarte a recoger las gemas, si pasas cerca de alguna, ella la recogerá por ti, lo cual es de ayuda cuando las susodichas están al borde de un precipicio y que, con los controles de PSX tan mejorados, un mínimo fallo haría que te precipitases al vacío… lo cual también ocurre con relativa facilidad.

La banda sonora del juego está compuesta por Stewart Copeland, ex batería del grupo The Police. Todas las piezas son acordes al nivel al que ponen sonido y en casi todas se pueden observar ciertos patrones que se repiten, como James Horner y su parabará.

Y, bueno, poco más que añadir de esta pequeña joyita de PSX que salió en septiembre de 1998 y el cual utilizó un motor de panorámica 3D que fue uno de los mejores procesadores utilizados por PSX. Así que, ya sabéis, si sois unos nostálgicos o queréis probar algo “nuevo”, dadle una oportunidad porque merece la pena.