La vida de un fan está llena de pozos, pozos hondos que nos quitan horas y horas sin que nos demos cuenta porque, admitámoslo, cuando estamos en uno nos volvemos un pelín obsesivos. Pasa con todo, y los videojuegos no son una excepción. Desde que era niña los videojuegos me han llevado a muchos pozos en los que me he pasado días e incluso meses perdida en una afición desenfrenada. Recuerdo que uno de esos grandes pozos de la muerte fue el descubrimiento de los Sims. Yo era una niña pequeña con dos hermanos mucho mayores que yo, un solo ordenador y una madre que creía que si pasábamos demasiadas horas en él acabaríamos matando a nuestra familia con una katana, así que imaginad el panorama cuando teníamos que repartirnos el tiempo de juego. Así es, queridas y queridos: FUE LA GUERRA.

Por suerte los años han pasado y ahora puedo disfrutar de mis vicios en paz y soledad sin nadie que me quite más horas de las que ya me quito yo de vida. Es una movida, pero ¿y lo divertido que es pasarse hasta las tres de la mañana en Tumblr buscando imágenes de tus baes, a los que luego verás jugando y posiblemente recordarás con nostalgia mientras escuchas la BSO del juego trescientas mil veces porque los feels hay que mantenerlos a tope? ¿EH? Es una sensación impagable. A veces nos hace sentir como un trozo de basura y es posible que en más de una ocasión nos preguntemos qué estamos haciendo con nuestra existencia, pero aun así merece la pena. LOS POZOS SON BUENOS, puede que en ocasiones no sean sanos, pero who cares.

¿Pero a qué viene todo esto, Laura? ¿Qué nuevo y maravilloso vicio es el que nos traes hoy?, os preguntaréis, o tal vez no, pero yo os lo voy a decir igualmente: OTOMES.

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Seven y MC , de Mystic Messenger (por Waffulle).

Sí, todo un plot twist si habéis leído el título del artículo, pero os aseguro que sí que es toda una sorpresa para mí.
Empecé con este género hace algún tiempo, con un juego de un caballo con cara humana del que escribí mis traumáticas experiencias aquí. Con semejante introducción al género lo normal habría sido vomitar o balancearme en un rincón en cuanto otro otome pasara delante de mí, pero no, lo cierto es que, aunque My Horse Prince sea un juego nefasto, también es surrealista y bastante bizarro, lo cual suele llamar bastante mi atención. Empecé a buscar otros títulos que se le parecieran, pero no encontré nada que me gustara especialmente. Jugué a Locked Heart, donde podías ligar con personas transformadas en osos de peluche (pero retomaban su forma humana, así que perdió la gracia completamente), y probé Cold Hearts, donde te daban la posibilidad de tener relaciones románticas con varios frigoríficos y una lavadora (hice un hilo sobre ello en Twitter). También me quedé con ganas de jugar al cucurrucucú paloma, digo… a Hatoful Boyfriend, el famoso dating simulator de palomas, pero empecé a aceptar que nada satisfaría mi necesidad de otomes bizarros, o al menos no en el nivel en el que lo habría hecho Tomak Save the Earth Love Story, donde el interés romántico es la diosa del amor, encarnada en una cabeza humana plantada en una maceta. Maravilloso, lo sé, pero desgraciadamente no he sido capaz de encontrar este juego por ninguna parte.

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No sé a quién se le ocurrió esta ida de olla, pero quiero conocerle

Mientras tanto probé algunos otomes que yo calificaba como “normales”, es decir, sin idas de olla propias de que te las estudie un psiquiatra, pero siempre me acababa aburriendo. Y entonces, no hace mucho tiempo, la curiosidad me llevó a descargar en mi móvil el otome de los otomes: Mystic Messenger.
Casi en los primeros meses de esta web, Ceci se marcó un articulazo sobre ese juego, pero a mí nunca me había llamado especialmente la atención. De hecho, al principio no me gustó nada la idea de tener que estar pendiente de las horas en las que se reproducían los chats porque yo quería jugar cuando me apeteciera, no cuando el juego me lo impusiera.
Aun así seguí adelante aunque mi primera ruta (con Zen) no me estuviera pareciendo nada del otro mundo, por lo que pensé en que, al acabarla, me limitaría a hacer la del personaje que realmente me gustaba (Seven), ya que hacer otras me supondría tener la memoria de mi móvil a punto de colapsar durante demasiado tiempo (el juego ocupa casi 1GB). Sin embargo, como la ruta de Zen al final me entretuvo más de lo que esperaba, decidí hacer otra diferente antes de la de Seven, y me enganché.
Mucho.
No sé cómo ni por qué, pero sin darme cuenta pasé de quejarme cada vez que se activaba un chat nuevo a programar once alarmas cada día para no perderme ninguna conversación, madrugadas incluidas. Y en ese momento, cuando empiezas a sacrificar horas de sueño para ver qué se cuentan unos señores virtuales, cuando estás en la cama a las tantas leyendo sus conversaciones con los ojos pegados, te das cuenta, lo notas, lo sientes: HAS CAÍDO EN EL POZO.

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Esta maravilla es de un mini-otome llamado “Caging me softly”

No sé cuándo se publicará este artículo, pero en el momento en el que lo estoy escribiendo llevo 21 días en ese pozo, y ya tengo fichados varios otomes más para que el vacío post-Mystic no me hunda en la miseria. Y no hablo de los bizarros que me trajeron a esta senda de baes y señores hermosos, hablo de los “normales”, los de ligar con personas en lugar de con animales u objetos inanimados. Hablo de que tengo el Hakuoki mirándome con ojos brillantes para que lo juegue, y de que empezaré otra partida al Dream Daddy que seguramente acabaré en un par de días por las ansias. Hablo de esos otomes que nunca habían estado en mi radio de preferencia y que ahora quiero consumir como si fueran ositos de gominola.

Todavía no sé qué es lo que tienen. La posibilidad de enamorar a zagales guapetones desde luego es un aliciente, pero en la mayoría de los casos las relaciones de estos juegos no son en absoluto de mi estilo. Además de empalagosas, a menudo suelen dar a las mujeres el papel de “damisela en apuros”, y no son raras las frases casposas del tipo “tú no eres como las demás” o “yo te protegeré”, que hacen que me den ganas de sacar el lanzallamas y quemar medio mundo. Pero aun así estos juegos me gustan de una manera escandalosamente adictiva y me lo paso genial con ellos.

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Las punki-palomas de “Hatoful Boyfriend”

No sé si alguno de vosotros ha vivido esto con los otomes en especial, pero seguro que muchos sabréis lo que se siente cuando estás en lo hondo del pozo fangirlero (hola, series de Netflix). Como decía más arriba, nunca pensé que podría acabar enganchada a este tipo de juegos, pero miradme ahora, aquí sentada con un buen repertorio de años a cuestas, escribiendo sobre otomes mientras espero a que un personaje ficticio de 22 años me abra un chat y me lance corazoncitos rojos. Lo que es la vida.

Para finalizar, y como buena adicta-otomera en la que me estoy convirtiendo, me gustaría pediros vuestras opiniones. ¿Qué otomes me recomendaríais? ¿Alguno que os haya gustado o llamado la atención en especial? Os doy carta blanca para que alimentéis mi vicio.

Imagen de cabecera de Loudsalmon.

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