Me has conocido en un momento extraño de mi vida

Kingdom Hearts, diecisiete años después

Kingdom Hearts, diecisiete años después

Es 2019. Han estrenado Endgame, cerrando once años de películas de Marvel. Echan la última temporada de Juego de Tronos y por fin estrenan la serie de Buenos Presagios. También voy a cumplir 30 años y en enero salió Kingdom Hearts 3.
Es 2002. No hay smartphones, y Terry Pratchett acaba de publicar en inglés Ronda de Noche. Se ha estrenado Spiderman, la de Sam Raimi. No conozco todavía a nadie de mis actuales amigos y amigas. Nos van a poner ADSL en mi casa y me parece el futuro. Tengo 13 años y descubro que va a salir un videojuego que mezcla películas de Disney con Final Fantasy.

Llevo desde que terminé el juego tratando de contar lo que ha sido, pero cada vez que lo intento, es como si vomitara una pelota de gomas: distingo más o menos cada elemento, pero soy incapaz de saber por dónde empezar para deshacerla y poder ofrecer una idea clara. Así que sigo teniendo en las manos un revoltijo caótico de muchos colores que acabo de sacar de las tripas. Puede que lo más fácil sea empezar por lo más simple: el revoltijo caótico. En apariencia, Kingdom Hearts es un juego sencillo, de buscar y rescatar princesas; hasta que llegamos a Bastión Hueco y empiezan las posesiones y demás. Para cuando llegamos a Kingdom Hearts II, sólo nos queda asentir y sonreír ante el plantel de personajes que estaban muertos pero se pusieron mejor. Y esto es la punta del iceberg, porque la saga parece una de estas series pensadas para dos temporadas, pero tienen mucho éxito y se alargan sin cesar, liándose cada vez más la trama.

Las gomas de la pelota son unas de color flúor que destacan mucho y son muy distintas entre sí pero combinan muy bien. El hecho de usar mundos de Disney es una excusa para usar colores. Muchos y distintos. Si me pusiera a listar mundos, os podría decir el color de cada uno. Kingdom Hearts siempre ha sido alegre y de colores, pero que no le han restado drama en ningún momento. Como nuestro enfrentamiento contra Riku con falda hawaiana, que vamos a un laboratorio que yo recuerdo lleno de colores. Tras terminar el combate hay una escena que tengo grabada: Sora sosteniendo la Llave Espada, con el cuerpo comatoso de Kairi a sus pies, sonriendo momentos antes de suicidarse para salvarla. Si tuviera que usar una imagen para explicar qué es Kingdom Hearts, sería esa: Sora sonriente antes de sacrificarse.

Hablemos de Sora. Hablemos de lo que me sale de las tripas.

Sora es la pureza personificada. Cuando leí el análisis del juego en Eurogamer me chocó una cosa: tras tanto tiempo, esta pureza puede chocar a gente más mayor y más cínica (más millenial). Pero lo cierto es que a mí no me sale. Ir al mundo de Winnie The Pooh por cumplir, ponerme a refunfuñar porque es aburrido y parar de hacerlo porque Sora se ha puesto triste. No me sale ser cínica con Sora. No diré que su alegría es contagiosa, pero sí su ilusión. Es algo raro, porque cuando juego con él siento que no quiero preocuparle, que no quiero decepcionarle. Sora no ha cambiado en estos casi veinte años, así que cuando lo veo es volver atrás en el tiempo, cuando tenía 15 años y era todo más fácil en apariencia. Cuándo tenía todas las energías del mundo y sentía que se podía frenar la injusticia. Antes de que la realidad me/nos pasara por encima como un camión y descubriera/descubriéramos que no todo era tan fácil como dar de palos a los señores encapuchados.
Pero todo esto Sora no lo sabe, y hay algo en mí que me hace querer protegerle (no descarto el instinto maternal). Porque Sora es aquello que fuimos. Es ese último rescoldo de nuestra infancia-adolescencia, que no quiero bajo ningún concepto que se apague. Sora es esa sonrisa de que todo va a ir bien momentos antes de clavarse una espada en el corazón. Es esa fe en el poder de la amistad y en que tus amigos están ahí aunque no puedas quedar con ellos físicamente. Sora es un revoltijo de sensaciones. La de cuando tenía 15 años y lo único que quería era salir con él por los mundos a pegar a los malos. La sensación que tengo ahora, con casi 30, de darle un caldito (un helado más bien), echarle una mantita por encima y dejarle descansando; dispuesta a rajar a quien se le ocurra molestarle. La sensación de que no pasa nada por no haberlo conseguido, lo hemos intentado y nos hemos divertido por el camino. La sensación de que todo saldrá bien al final. Sora es todo eso y mucho más.

Cuando estrenaron Harry Potter y las Reliquias de la Muerte 2, una amiga dijo que se sentía muy rara, porque era un adiós a su infancia y adolescencia, ya que se había criado con los libros, y luego con las películas. En ese momento no entendía del todo a que se refería, porque no tenía ninguna saga con la que hubiera establecido un vínculo de esa forma. Hasta ahora.
Kingdom Hearts ha estado la mitad de mi vida conmigo, incluso cuando me alejé de los videojuegos. Jugar esta tercera parte era raro, porque sabía que iba a ser un adiós de alguna forma. De que la saga se iba a terminar y de cerrar cosas. Las despedidas nunca son fáciles y esta no lo ha sido. Así que voy a permitirme ser un poco egoísta y no enfrentarme a ello todavía. Conservar esta pelota de goma un rato más, girarla entre mis manos intentando averiguar cuál es la goma maestra que desenrende todo y me permita expresar las cosas de forma ordenada y coherente. Aunque bien visto, casi prefiero la pelota tal como es: caótica, enmarañada y llena de colores.

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Darkor_LF

Difusora de la palabra de Pratchett a tiempo completo. Defensora de causas pérdidas e inútiles. Choconiños o barbarie. Hipster por necesidad. Tengo una pipa falsa. +50 en pedantería.

1 comentario
Rena
Rena 26/05/2019 a las 12:57 pm

Sora sonriente antes de suicidarse… pf, los pelos de punta, Darkor. Yo siento haber vivido justamente lo que comentas… pero a mí sí que se me ha hecho joven e inocente seguir pensando que puedes contra todo pronóstico contra las cosas. Sora casi nunca se deprime y me choca, aunque también es verdad que es un verdadero ser de luz y lo quiero muchísimo.

No sé, yo también tengo esa pelota entre mis manos. A veces la abrazo y otras pienso jajasí, qué hago yo ahora con esto.
Gracias por el artículo.

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