Cuándo no queremos decir adiós

We’re gonna teach ‘em how to say goodbye

We’re gonna teach ‘em how to say goodbye

Me encuentro escribiendo estas líneas mientras llevo una semana dando vueltas como pollo sin cabeza por FFXII. No es que me haya perdido (que no es tan raro) o no sepa cómo continuar un puzle; el juego se termina y yo no quiero que eso pase. Se me juntan dos cosas, por un lado no he hecho todas las misiones secundarias ni obtenido todos los secretos, ni completado los tableros de licencias, ni conseguido los trofeos; y que, simple y llanamente, no quiero que se termine. Si me tiré diez años esperando para jugar a Final Fantasy versus XIII, llevo quince años esperando terminar FFFXII, por una trágica historia en la que la Playstation 2 pasó a mejor vida cuando estaba jugando.
Pero hoy no voy a hablar de tan trágica pérdida, sino de una cosa que he descubierto con este juego: lo que me cuesta decir adiós a las cosas que me gustan.
No he visto el último episodio de Psych, que finalizó en EE.UU. hace tres años y en España hace dos, porque es el último. Fui capaz de leerme Me vestiré de medianoche porque no había leído A todo vapor; luego me leí A todo vapor porque me queda el comodín de los libros en inglés, pero fue una decisión dura. En historias en las que soy una mera espectadora, no me cuesta tanto terminar, ¿pero qué pasa con los videojuegos? Pues que yo tengo un poder de decisión mayor, yo soy quien decide cómo perder el tiempo y dar vueltas (lo de marear la perdiz no lo hago sólo escribiendo), y en última instancia, puedo decidir cuánto más puedo seguir jugando.

Los quiero tanto como idiotas son

Tengo varias razones para no terminarme los juegos. Volviendo al inicio, la principal razón por la que no quiero terminar Final Fantasy XII, además del factor emocional, es porque intuyo que va a acabar muy mal. Por lo que he visto de la secuela y otros juegos ambientados en el mundo de Ivalice, sé qué pasa con algunos personajes, pero con otros no, y por el rumbo y el tono que tiene el propio juego, sospecho que no va a haber un final feliz.

Sin embargo, esta ausencia de final feliz no me impidió terminar FFXV (dos veces, ambas llorando muchísimo), tampoco el saber que iba a acabar mal me frenó para ver el final de Dark Chronicle (estoy convencida de que se lo pasó mi hermano). Lo que me está haciendo dar vueltas ahora es que tengo la certeza de que esta vez, en cuanto aparezcan los títulos de crédito, sacaré el disco de la consola, y lo guardaré para no volverlo a usar. Y no quiero que pase, porque pese a sus defectos, le he cogido cariño a Final Fantasy XII y no quiero dejarlo de lado.

Jugar este remake de un juego de Playstation 2 después de FFXV hace que aprecie las diferencias, el cómo han cambiado los juegos en los últimos años aunque sólo sea por la capacidad técnica de las consolas, y esto lo he notado en los RPG: facilidades como autoguardados cada poco tiempo, incluso en mazmorras, y las inclusiones de nuevas partidas + reales (¿EH, FINAL FANTASY XIII?). Cuando en Final Fantasy IX inicias el enfrentamiento final con Kuja, no hay vuelta atrás. Una vez empieza la cadena de combates, después sólo tendrás las escenas finales, el título de “FIN” (y jugar al Black Jack). Si quieres volver a Alexandria, la Aldea de los Magos Negros o Terra, deberás iniciar una partida nueva, o volver a un punto de guardado anterior. Esto hace que volver a un juego no sea algo inmediato, sobre todo si no tienes millones de slots de guardado.
En Final Fantasy XV, hasta el último punto de guardado tienes la disponibilidad de llamar a Umbra y volver atrás en el tiempo, como si los hechos de Altissia nunca hubieran pasado. Y cuando terminas el juego, te dan la opción de empezar de nuevo con tu nivel, tus armas y con todo, y jugar desde el principio. Esta opción de nueva partida + te permite rejugar sin la parte tediosa del farmeo. Yo sólo la inicié para ver qué era y pasé (bueno, y que tenía el corazón hecho pedacitos y no fue buena idea empezar de nuevo nada más terminar). Para mí, Final Fantasy XV no ha terminado aún, y llevo 110 horas dando vueltas por Lucis, que en mi caso es muchísimo tiempo.

Hace poco terminé la historia de FFTA2. Terminar implica volver a justo antes de los combates iniciales con un “Terminado” en tu slot de guardado y nuevas misiones por hacer. Me quedan oficios por completar, armas por fabricar y misiones incompletas. He estado casi 90 horas en ese trozo de Ivalice y desde el momento en que pasaron los títulos de créditos perdí el interés en el juego. Algo así me pasó con Horizon Zero Dawn, que una vez terminado, fui incapaz de volver a él, pese a que me quedaban retos por cumplir (misiones no, esas las hice todas).
Por otro lado, hay otros juegos (como el Dust, an Elysian Tale) con los que llevo mucho tiempo “atascada” y sólo quiero que se acaben para poder seguir con otra cosa, pero no puedo evitar distraerme con los iconos de la pantalla y ponerme a hacer misiones secundarias. El problema aquí es que acabo espaciando tanto el jugar, que me olvido de los controles y no puedo seguir adelante porque muero más que otra cosa (y por eso nunca terminaré Batman en Mordor).
Que esto es un poco lo que me pasa con No Man’s Sky, sigo queriendo volver a él, pero llevo tanto sin jugar y ha cambiado tanto, que veo que tendría que hacer una partida de nuevo para pillarlo bien y eso me da muchísima pereza. Eso, sin contar que me siento un poco culpable por jugar algo donde sólo tengo que deambular, casi sin ningún objetivo, cuanto tengo juegos con historia cogiendo polvo digital.

Estas dos cosas se juntaron cuando pusieron Rayman Legends en el PSPlus para PS4 e inicié una partida nueva: la dificultad de los retos, sumada al hecho de que ya lo había jugado, me hizo estar poco tiempo jugándolo. Lo dejé por completo al darme cuenta de que no jugaba por divertirme sino como un mero trámite de volver a conseguir todo.

¿Qué pasa con todo esto? ¿Por qué antes no tenía problemas en rejugar las cosas, o terminar y luego seguir a lo mío? Que mi realidad ha cambiado, así como mi forma de jugar y disfrutar videojuegos también: no tengo tiempo para rejugar cosas, o seguir más allá del “FIN”. Lo que antes era una palabra más, ahora se ha convertido en una sentencia. Así que retraso la aparición de los créditos finales todo lo posible, y sigo viajando y dando vueltas hasta que me canso, porque sé que no voy a ser capaz de volver a esos mundos una vez los termine. Es triste, porque algunos siempre van a estar conmigo y los recordaré con cariño. Pero también sé que tengo un montón más de horas de juego y lugares maravillosos por descubrir y eso reduce algo la pena. Supongo que parte de madurar es aceptar que no puedes llegar a todo, y aprender a gestionar tu tiempo* y los mundos que visitar. Aprender a decir adiós. Aunque sé que esas partidas siempre estarán ahí, esperándome pacientemente a que vuelva, quizá dentro de muchos años, no puedo evitar dar vueltas y retrasar todo lo posible que aparezca esa temible palabra en la pantalla.

*Esto se solucionaría fácilmente si me dierais una paguita y no tuviera que trabajar.

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Darkor_LF

Difusora de la palabra de Pratchett a tiempo completo. Defensora de causas pérdidas e inútiles. Choconiños o barbarie. Hipster por necesidad. Tengo una pipa falsa. +50 en pedantería.

3 comentarios
Lucas
Lucas 15/07/2018 a las 1:30 pm

The Witcher 3, Zelda Phantom Hourglass y Dark Souls creo que son los juegos de los que más me ha costado despedirme

Anabellum
Anabellum 16/07/2018 a las 12:12 pm

Seguramente el primer Walking dead, que tristeza
De los antiguos, la trilogia de Baldur’s Gate y Final fantasy VI, me pasé un verano jugándolo en emulador.

Francescus
Francescus 17/07/2018 a las 9:32 am

Buff, entiendo muchísimo lo que te pasa y está muy bien explicado.
Me acuerdo que con el FF X, tuve un parón de cinco años antes del asalto final…

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