Mis primeros pasos en los juegos competitivos fueron, a todos los niveles, demasiado prematuros. Con diez años y gracias a StarCraft: Broodwar ya descubrí que elegir un nombre de usuario que desvele tu género es ponerse un cartel luminoso gigante en la cabeza que dice: liga conmigo. El verdadero problema llegó cuando me dediqué a tiempo completo por primera vez a un MMORPG, donde no podría esconder mi género en un nombre o en un avatar: Guild Wars 2. Seguir leyendo “El lado oscuro de la competitividad”