¡Compro juegos por dinero, no sé qué y no sé cuánto! ¡Pero a mí dadme dinero!
¡Maldito capitalismo!
14/01/2024 | Alystrin | No hay comentarios
Hay debates cíclicos en el mundo del videojuego. Los que aparecen con más frecuencia versan sobre los modos de dificultad o sobre si pueden considerarse arte. Pero también cada cierto tiempo aparece polémica relacionada con su precio. En muchas ocasiones viene desencadenada por las páginas de ofertas, pero también por la aparición de nuevos dispositivos o títulos algo más caros de lo que se acostumbra.
Que los videojuegos son una afición costosa es algo que se sobreentiende. Hay maneras de ahorrar unos euros, como no hacer compras en la fecha de lanzamiento o adquirir ediciones físicas en páginas de segunda mano. Si preferimos formato digital, podemos esperar a las ofertas periódicas de las plataformas o, como ya he mencionado, utilizar las páginas que venden directamente claves. Aunque muchas de ellas no están exentas de polémica, al desconocerse el origen de los productos que venden.
En un mundo en constante inflación, la sensación que nos queda es la de que cada vez las cosas son más caras. Pero, ¿es algo novedoso? Puede que no tanto. Si tenemos memoria (o conocemos gente de una determinada edad) podemos remontarnos a los precios de hace unos cuantos años. Y, si bien personalmente no recuerdo los de las primeras consolas (la Atari, por poner un ejemplo), sí puedo nombrar precios de otros dispositivos. Sin ir más lejos, un pack de Super Nintendo con dos juegos costaba unos 192€ (32.000 pesetas) allá por 1992. Y no eran títulos menores, sino dos de los más populares: Street Fighter II y Super Mario World. ¿Por qué recuerdo esto? Porque fue lo que me compré con el dinero que tenía ahorrado y el de la primera comunión. Casi nada. Gameboy era un poco más económica, 90€. Evidentemente, cada nuevo reproductor era más caro que el anterior: los precios de la Nintendo DS no son los de Gameboy, como el coste de Nintendo Switch es muy diferente al de la NES.

Si comparamos estas consolas con las actuales, sí podemos apreciar la subida. La calidad es muy diferente, con mucha mayor definición, pero acorde también a los monitores actuales. Si alguien tiene dudas, recomiendo que pruebe una consola retro (con su pertinente adaptador) en un televisor actual, aunque siendo justos, tiene mucho que ver con la codificación de las pantallas de antaño. También es cierto que nos ofrecen nuevas prestaciones, como reproducir películas, conectarse a plataformas de streaming o escuchar música. Además de su componente social: ya no hace falta tener dos dispositivos juntos para poder jugar en cooperativo, sino que cuentan con conexión a Internet y podemos compartir logros y organizar partidas con nuestras amistades.
Donde menos diferencia se aprecia es en los propios juegos. La edición física de Super Mario Bros. Wonder, por ejemplo, tiene un precio de 59,99€ en la mayoría de distribuidoras. Allá por 1995, Donkey Kong Country 2: Diddy’s Kong Quest costaba, de lanzamiento, exactamente lo mismo: 60€ (12.000 pesetas). La mayor parte de juegos de Super Nintendo tenían ese precio, en tanto que los de Gameboy solían valer en torno a los 30€ (40 en el caso de Gameboy Color). Nintendo ha sido mi comparación fácil: es la compañía cuyos productos consumí cuando era pequeña y que a día de hoy sigo comprando.
Pero si nos ponemos a hablar de otras distribuidoras, la cosa cambia. Sony, otro gigante de los videojuegos, ya empezaba a despuntar en el mercado en los años 90, y a precios muy diferentes. Playstation 1, lanzada en nuestro país en 1995, costaba ya por aquel entonces 360€ (59.995 pesetas). Inicialmente era una consola notablemente más cara que las de Nintendo, pero claramente orientada a otro tipo de público, más adulto y con mayor poder adquisitivo (teórico).

Los juegos, sin embargo, han seguido una tendencia similar. Los primeros títulos de PS1 costaban unos 60€ aproximadamente, pero el precio era mucho menor en las ediciones Platinum (30€), normalmente reservadas a los juegos más populares, como Final Fantasy VII o MediEvil. Posteriormente, la serie Greatest Hits de Playstation nos trajo, además, recopilatorios sustanciosos, como la God of War Collection. La subida de precios ha llegado, sin embargo, durante los últimos años de Playstation 4 y ya de forma permanente con Playstation 5. El precio habitual de salida de un título triple A ya suele ubicarse en torno a los 70€, como está previsto para Like a Dragon: Infinite Wealth, y no parece que esta tendencia vaya a suavizarse a corto plazo.
Hemos hablado de consolas, pero ¿qué hay del mercado de PC? En primer lugar, algo que tenemos que tener muy presente es que el rendimiento de los juegos varía enormemente según las especificaciones de nuestro dispositivo. La tarjeta gráfica, memoria RAM y demás componentes son condicionantes muy estrictos de a qué podemos jugar y a qué no, al menos con un mínimo de calidad. Y un ordenador adaptado para títulos cada vez más exigentes tiene su precio, más aún si queremos que nos dure lo máximo posible. A quienes nos gusta jugar en PC nos pueden las ventajas: conectar periféricos, retomar juegos antiguos sin depender de si funciona o no la consola que lo reproducía, no tener que luchar con nadie por nuestro monitor, etc… Además del resto de usos que comporta un ordenador. Pero barato, lo que es barato, no es.
Y luego ya pasamos al mundo de los títulos. Los precios de salida no suelen variar de forma significativa, pese a que muchos ya se venden directamente en formato digital y, por tanto, con el consiguiente ahorro de los costes de distribución. Pero sí es notable la mayor cantidad de ofertas que suele implicar jugar en PC: tiendas como Epic Store o Steam ofrecen descuentos con bastante frecuencia, y también resultan interesantes páginas web como Humble Bundle, en las que, además de conseguir packs sustanciosos de juegos, podemos destinar parte de la inversión a obras de caridad o sus partners. Por no decir que en estas plataformas aparecen bastantes títulos retro, como puede ser Dragon Age: Origins, The Witcher o Baldur’s Gate (el de 2013) a precios muy competitivos. Los exclusivos son otro cantar. Sony suele lanzarlos un tiempo después a modo de port, como fue el caso de Horizon: Zeron Dawn, pero esto no ocurre en todos los casos. Y, por supuesto, ya podemos olvidarnos de las franquicias de Nintendo.

Otro asunto a considerar es el formato físico versus el digital. Este último no es exclusivo de PC, sino que también podemos realizar nuestras compras en la tienda online de Nintendo, Microsoft o Playstation. De Internet a nuestra consola en unos minutos. Quizá es un aspecto que me enfada un poco: el precio suele ser exactamente el mismo, pero, como ya hemos dicho, ahorrándose de forma sustanciosa los gastos de distribución, embalaje y, por supuesto, el soporte físico del juego. El colmo de la desfachatez/ironía lo encuentro, personalmente, en las cajas que contienen un papel con la clave en su interior. Pero a fin de cuentas es eso: una caja vacía con una tarjetita o un Blu-ray que contiene tu compra. Ya ni siquiera hay manuales de instrucciones, por mucha añoranza que sintamos.
Aparte ya está la explosión de ediciones diferentes. Prácticamente todos los títulos tienen más de una versión: la básica y la coleccionista, con una plétora de agregados. Muchos son cosméticos durante el juego o guardan relación con productos anteriores de la desarrolladora, pero si desembolsamos el suficiente dinero, encontraremos figuras, mapas e incluso vinilos con la banda sonora. Todos nuestros sueños a cambio de unas monedas.
Finalmente quiero destacar que, en tema de precios y costes, durante todo el artículo he querido mostrar las diferencias o similitudes en los productos más caros. Sin embargo, soy consciente de que no he nombrado una parte muy importante del mundo gamer: los títulos independientes. Todos los años destacamos los juegos indie que más nos han llegado al corazón, pero quiero animar a todo el mundo a que dé una oportunidad a estos juegos, más pequeños y menos publicitarios, porque hay verdaderas joyas. Blasphemous, Stardew Valley, Song of Nunu, Cult of The Lamb, The Cosmic Wheel Sisterhood… La lista es interminable. Tenemos temáticas y géneros para todos los gustos, muchas veces a un precio mucho más asequible y con unos requerimientos razonables para quienes los deseen probar en PC.
Al final, y como reflexión, no creo que sea el precio lo que condiciona que algo sea caro o barato, sino la calidad de su contenido. Un título puede ser relativamente caro (dentro de unos límites) pero con una trama, jugabilidad y aspectos artísticos que hagan que valga la pena cada euro invertido. La equivalencia precio-horas no se suele cumplir: de nada me sirve que emplee doscientas horas en exprimir al máximo una historia si ciento cincuenta son misiones repetitivas de recolección y la trama principal se va en un suspiro. La clave es que valga la pena rejugarlo. Dame opciones, varios caminos, desafíos interesantes, coleccionables que supongan un cambio (¡malditas plumas de Petruccio!). Que la historia nos llene tanto que valga la pena revivirla.
¿Qué define entonces el valor de un videojuego? Pues depende de cada persona. Hay quienes lo ven todo en términos económicos, y quieren que el contenido se corresponda con las expectativas de lo que han pagado. Otros jugadores pueden ver más importante un producto pulido y una duración razonable, sin sensación de estar en un relleno constante mientras la historia principal se estanca. Tampoco es nada descabellado intentar el equilibrio: algo bueno y a un precio razonable. ¿Cuál es ese coste? Ese es otro tema.
La realidad es que cada vez cuesta más dinero conseguir lanzar productos de calidad, y los estudios no siempre pueden ajustar tanto los precios como querrían. Pero esto no justifica, hay que tener claro, prácticas abusivas sobre sus trabajadores o, sencillamente, aprovechar el hype para engrosar bolsillos sin dar nada a cambio. La decisión de qué apoyar como consumidores es nuestra, pero la industria también tiene gran parte de la responsabilidad en lo que nos ofrece.
Cosplayer, otorrinolaringóloga, streamer y, sobre todo, mamarracha profesional. Cuqui del almendruqui que no dudaría en sacarte las muelas por tus "incorrecciones políticas"
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